Era una calurosa noche de verano, solo levemente aliviada por los 19 grados a los que se encontraba el aparato minisplit mal instalado del cual mi esposa siempre se ha quejado. En nuestra recámara, ubicada en la parte de atrás de nuestra casa, una cama king size que apenas cabe y dos burós con sus respectivas lámparas de noche. Nos encontrábamos casi a punto de dormir, yo del lado de la cama que da a la puerta y mi esposa del lado del closet con sus puertas de espejo. La obscuridad solo apenas deslumbrada por algunos leds del aparato minisplit, el cual me queda caprichosamente acomodado para que el aire frio se tope en mi cara. De pronto el silencio zumbador del aparato se empieza a sentir dopplerescamente opacado por algunos ruidos a la distancia, que me recordaban a los disturbios de Los Angeles en 1994 que veía en las noticias CNN. ¿Alguna fiesta de fin de cursos que los hijos del vecino estaban teniendo de nuevo? Gritos de desespero y completo desorden. ¿Algún pleito entre pandillas? El ruido venía de las calles de nuestra tranquila colonia. Algo completamente inusual.

Los sonidos se acercaban cada vez más hasta que pude darme cuenta que algo completamente mal pasaba en nuestro jardín.  Mis glándulas suprarrenales empiezan a hacer el trabajo para el cual la evolución las ha preparado por mucho tiempo. Sin recordar la regla de oro de las películas de terror de “no ir al sótano o de donde sea que vengan los ruidos” de un sobresalto me quito la sábana y en un par de segundos me disparo de la habitación -aprovechando los dos metros que hay entre mi lado de la cama y la puerta- y no tengo problema en recorrer el corto pasillo y dirigirme hacia el cuarto de enseguida, con el fin de ubicarme en su única ventana que da a la calle para intentar ver de qué se trata tanto alboroto. Intento enfocar mi visión porque la completa oscuridad solo permitía ver siluetas. Los postes de luz completamente muertos (no era momento de culpar a la compañía de luz, ni de quejarse de los deficientes servicios públicos que existen en la ciudad),  solo uno que otro flashazo de lámparas de mano que sostenían algunas sombras con formas humanas moviéndose precipitadamente corriendo hacia la misma dirección, huyendo de algo. La primera imagen que mis ojos reciben y que mi cerebro procesa me parece ridícula: Gente intentando escapar de cosas que catatónicamente se arrastraban…. “Gusanos gigantes” pensé alertadamente… ¡Pero espera! ¡¿Gusanos?! ¡¿Gigantes?! Este pensamiento se ve abruptamente interrumpido con un terrorífico acto. A solo unos cuantos metros de mi ventana, percibía esta figura con movimientos erráticos y rápidos, arrastrándose sobre el asfalto, que daba alcance a una señora con un pequeño en brazos, tal vez de unos seis meses de edad. No sé si tropieza o “el gusano” tumba a la señora, pero una vez sobre el suelo, la cosa pasa literalmente sobre ella, algún vapor se desprende mientras esta criatura empieza a consumir a un espasmódico cadáver.  Inmediatamente se confunde en mi mente “¿Vapor o humo?” De igual manera no daba crédito a la escena de la que era testigo, entre gritos ensordecidos y sangre salpicando que en la oscuridad guardaba cierta remembranza a aceite quemado de motor. El gran freakshow de sombras y siluetas que acababa de presenciar parecía repetirse con diferentes personajes a lo largo y ancho de la estrecha calle. El impulso de querer salir de mi casa a cambiar la suerte del pequeño que ahora yacía en el pavimento se ve completamente anulado por el pensamiento “Volver por mi esposa a la recámara y escapar… ¡¡o al menos escondernos!!”

Antes de salir corriendo del cuarto le hago un rápido panneo a mi sistema de circuito cerrado con visión nocturna (el cual no recuerdo haber instalado alguna vez, o al menos haber pagado para que lo instalen) con el cual veo un poco más clara la descripción de los “gusanos”: Se trataban en realidad de cuerpos humanos desnudos, mutilados de ambos brazos y sin cabeza, tumbados bocabajo e impulsados frenéticamente por dos piernas llenas de cicatrices. En ese momento siento una gran impotencia al ver a través de mi monitor verdoso cómo una de estas cosas pasa por encima del bebé absorbiéndolo y consumiéndolo de la misma infame manera que a su progenitora. Golpeo el monitor con una rara mezcla de enojo y horror.

Mi flujo de adrenalina es tal que logro sentir el humor: empiezo a oler mi propio miedo. Me dirijo rápidamente al dormitorio con mis ojos ya perfectamente adaptados a la oscuridad, pero aquí es donde la lógica empieza a fallar. Extrañamente vuelvo a meterme a la cama y acostarme bocarriba, solo para encontrarme completamente paralizado. ¿Qué pasó con el heroico plan de salvar a la damisela? ¿Era realmente mi infante estrategia de meterme bajo la sábana y esperar a que los monstruos desaparecieran la mejor en estos momentos? En realidad no era opción. La parálisis se apropia plenamente de mi cuerpo. Mis ojos completamente abiertos, sin poder gritar, sin poder moverme pero haciendo el más grande de los esfuerzos por lograrlo… En mi rango de visión, veo la cara de mi esposa que se asoma y preocupada me dice: “¿Qué te pasa? ¿Qué tienes?” Yo tratando de advertirle de la gran amenaza acechando afuera y ella solo preocupada por el demente bailable de mis ojos y desesperados gemidos y murmullos. Me parece tener un mini infarto al miocardio cuando me dice “Voy a salir a pedir ayuda porque te veo muy mal”. Sale de la recámara y yo sin poder gritarle, sin poder advertirle… ¿Tendría ella la misma suerte de la señora? ¿Era mi castigo divino por no ayudar al prójimo? O aun peor ¿A un niño indefenso?  Mis lágrimas exasperadas brotan al escuchar varias puertas que se abren y se cierran a lo lejos. Intento calmarme, pero es imposible. Trato de “romper” la parálisis, pero nada.

Con mi vista y mi oído como mis únicos fieles sentidos, percibo que la puerta del cuarto se comienza a abrir. “¿Mi esposa con la ayuda que dijo que traería? ¿Realmente atravesó el infierno urbano que se vivía en nuestra calle, para ir por ayuda?” El corazón me brinca del pecho y siento el sudor recorrer. ¡No es mi esposa! Es una de las criaturas que hace momentos había confundido con gusanos gigantes, mutilada y arrastrándose por el piso, recorriendo el pie de mi cama. ¿Cuándo y cómo entró? ¿Qué pasó con mi esposa? La ansiedad y el desespero vuelven a tomar completo control cuando veo con gran detalle en el reflejo del espejo de nuestro closet la manera surrealista del movimiento de la criatura, esa manera de subir poco a poco la cama y de dirigirse hacia mí, una presa paralizada. Deseoso que el corazón por fin cediera y me fulminara con un paro, observo a “la cosa” de frente. Esos escalofriantes detalles que donde alguna vez existieron extremidades, ahora hay unas extrañas cosidas. Cómo es que este ente que ahora daría fin a mi vida, puede subsistir sin cabeza y sin brazos. ¿Era producto de algún científico loco? ¿Al fin todas las teorías de conspiración biogenéticas se comprobaban?

A pocos centímetros de tener enseguida de mí, un torso que se levantaba como el aguijón de un escorpión a punto de atacar a su presa, mis ganas de pelear, escapar y gritar finalmente cobran frutos… ¡Por fin pude romper la parálisis! En el siguiente instante y para mi sorpresa (y suerte), el torso caníbal había desaparecido. Es entonces cuando despierto. Los sonidos de guerra fuera de mi casa, en silencio. Con un sudor frío, en la misma posición en la que hace unos segundos estuve a punto de ser devorado, me encuentro con esta realidad que había arrastrado de mi sueño. Todo el pasivo escenario de la habitación continúa de la misma manera. Estos terroríficos elementos audiovisuales a mi alrededor habían sido una gran farsa, una mal sueño, una pesadilla en 3D… mejor dicho, una pesadilla IMAX. Tardo un poco en percatarme que los eventos de romper la parálisis y despertar, cayeron en una perfecta y escabrosa coincidencia. Compruebo que soy capaz de moverme envuelto entre el silencio y la obscuridad de siempre, sólo interrumpidas por las luces del minisplit en sus 19 grados con su eterno zumbido.

Mi esposa, desde el lugar donde el humanoide mutilado estuvo a punto de consumirme, me cuestiona con sus ojos entreabiertos y con la sublime calma que siempre la caracteriza “¿Estás bien? Estabas haciendo ruidos muy extraños”. Mientras me recuperaba y le reclamaba acerca de por qué no me había despertado ya que casi moría devorado, me rondaba el pensamiento “¡¡Claro!! Tuvo que haber sido un sueño, pues no tenemos sistema de circuito cerrado.”

Comentario del autor:
Esta historia en realidad sucedió, sufro mucho de lo que coloquialmente le llaman “se te sube el muerto” y últimamente se me ha combinado con alucinantes pesadillas.

Ram